MOTIVOS HUMILDES
Contándonos cosas de nuestra niñez, decidimos escribir por separado sobre el mismo tema… como en las clásicas "redacciones" que hacíamos en la escuela. Eliza con sus "Recuerdos de barrio", y yo con mis Motivos Humildes:
Los que leen mis trabajos saben que vivo el presente y me proyecto hacia el futuro, pero que mucho me gusta hurgar en el pasado. Alguna vez he dicho que para mí los recuerdos son frutos de un ayer que se ha congelado en el tiempo.
Como las páginas de algún querido libro que volvemos a leer y a disfrutar aun más que la primera vez, hoy son simples aventuras juveniles, vividas por los años 40 en este querido Montevideo, tan triste y mustio estos días comparado con aquél.
Por esos años la Policía que vigilaba la ciudad llevaba una vida tranquila. No existían copamientos, secuestros, rapiñas ni arrebatos, y los grandes robos eran muy esporádicos. Los sucesos policiales eran de corte pasional. Heridos o muertos en peleas por diferencias personales y/o detenidos por juego clandestino, ya fuera de cartas (monte), carreras, quiniela o dados (seven eleven, comúnmente llamado "sevelén").
Si sería poco el trabajo policial que el Presidente Baldomir firmó un decreto por el cual debía ser detenido y conducido a la Seccional, quienquiera que fuera sorprendido jugando al fútbol en la calle.
Para tal fin se habían acondicionado varios ómnibus chicos que salían a recorrer los barrios con tres o cuatro Policías a bordo, en busca de los "pequeños delincuentes" que armando alboroto con sus partidos no dejaban dormir la siesta a la gente y a veces... rompían de un pelotazo desviado los vidrios de alguna ventana. En poco tiempo, ese medio de transporte policial se hizo conocido en las calles con el nombre de "la perrera".
Lo que les voy a contar sucedió en el Barrio Belgrano, en Feliciano Rodríguez y Rectificación Larrañaga (hoy Luis A. de Herrera). Justo en la esquina había un baldío que se había convertido en cancha de fútbol, donde casi todos los días se hacía un "picado" entre gurises que tenían entre diez y trece años, allá por el año 43 o 44.
Los del barrio habíamos pactado un partido de siete contra siete con otros que vivían a cinco cuadras, en Rossell y Rius y Feliciano Rodríguez. El tímido sol de aquel sábado de otoño fue testigo de aquel desafío tan esperado… y de su inesperado final.
Como locatarios, teníamos que poner la pelota. Entre "El Rana", "El Pelado" y yo, estuvimos toda la semana tratando de conseguir medias de mujer, de aquellas gruesas, que según creo se les decía "de muselina", que algunas vecinas nos daban con la condición de jugar lejos de su casa.
La querida y siempre recordada pelota de trapo nos había quedado hermosa, era una obra artesanal. Con trapos viejos, lana y papel de diario, se armaba bien, y después se forraba con medias ―tantas como fuera necesario― dándole varias vueltas, hasta terminar atando el borde de la media con un piolín. Ésta nos había quedado formidable, un lujo. Hasta picaba bastante bien.
Marcamos los arcos con piedras y los buzos de lana que nos sacábamos para jugar, y a la hora señalada todo estaba pronto para el comienzo del partido. Como ninguno de nosotros tenía reloj, el ganador sería el que llegara primero a los cinco goles.
Habíamos jugado casi una hora y el partido estaba al rojo vivo, empatados 4 a 4. El equipo que hiciera otro gol sería el ganador. En un contraataque me fui por el medio metiéndole un pase largo al "Rana" que entraba de frente a "Rabanito" ―el golero rival― pronto para fusilarlo.
De pronto, escuchamos el grito del "Lechuga": ¡¡¡Rajemos, rajemos!!!, ¡¡¡Viene "la perrera"!!! La espantada fue total. Alocada disparada de todos a los gritos, señalando lugares por donde escaparse… dejando indefensa, sola en la calle, la preciosa pelota recién hecha y entendiendo con bronca que jamás la volveríamos a ver… Pero era ella o nosotros. Perros ladrando, vecinos que miraban la corrida de algunos gurises calle abajo por Feliciano Rodríguez, y otros entrando a la primera casa que se presentara favorable.
"El Pelado" y yo saltamos un tejido a los fondos de una casa, después un muro, y nos metimos en un galponcito de madera con techo de chapas, de esos en que se guardaban los trastos viejos. Una cortina de arpillera cortada al medio cubría la puerta. Al costado, en un gallinero, el gallo y su familia se movían inquietos percibiendo gente extraña. Nos acurrucamos lo mejor que pudimos en un rincón tratando de agudizar nuestros oídos. Después de unos minutos que nos parecieron horas, aparentemente todo estaba en calma… pero ese silencio no puso más nerviosos.
―Corré la cortina con cuidado, "Pelado" ―le pedí― a ver qué está pasando afuera.
"El Pelado", traspirando, con la cara embarrada y los ojos queriéndosele escapar de la cara, la separó sólo un poco y me dijo susurrando:
―Está entrando… a la casa… un "cana"...
En silencio, nos apretamos más para escondernos atrás de un latón y escuchamos al Policía preguntarle a doña Rosa ―que tomaba mate bajo la parra― si había visto entrar unos gurises a su casa.
―¡Ah..!, usted anda buscando a esos pichones de bandidos que estaban jugando a la pelota en la calle… No, acá no se metieron… pero si llega a aparecer alguno ¡lo saco a escobazos!
―Bueno, gracias, doña.
―No tiene porqué ―le dijo abriéndole el portoncito para que saliera― en esta casa siempre apoyamos a la Policía.
Me asomé, vi al milico que se iba y a doña Rosa que dejaba el mate sobre una mesa, encaminándose derecho al galponcito.
―"Pelado"…"Pelado"... doña Rosa viene para acá ―le dije a mi compinche― arrollate todo lo que puedas.
Doña Rosa separó con las dos manos la vieja arpillera y gritó:
―Salgan de ahí, gurises, que el milico ya se fue. Pero antes de irse van a tener que barrer el patio, darle de comer a los bichos y alguna cosa más. Así que ¡rapidito a trabajar!, ¡manga de bandidos!
Cuando recuerdo estas simples cosas, me vienen a la mente algunas estrofas del tango "Tinta Roja", del excelente poeta argentino Cátulo Castillo, que dicen así:
"Paredón, tinta roja en el gris del ayer...
"sobre el callejón, como un borrón, pintó la esquina...
"¿Dónde estará mi arrabal?, ¿Quién se robó mi niñez?
"¿En qué rincón, luna mía, volcás, como entonces tu clara alegría?
"Veredas que yo pisé, malevos que ya no son…
"Bajo tu cielo de raso, trasnocha un pedazo de mi corazón."
MIGUEL
Contándonos cosas de nuestra niñez, decidimos escribir por separado sobre el mismo tema… como en las clásicas "redacciones" que hacíamos en la escuela. Eliza con sus "Recuerdos de barrio", y yo con mis Motivos Humildes:
Los que leen mis trabajos saben que vivo el presente y me proyecto hacia el futuro, pero que mucho me gusta hurgar en el pasado. Alguna vez he dicho que para mí los recuerdos son frutos de un ayer que se ha congelado en el tiempo.
Como las páginas de algún querido libro que volvemos a leer y a disfrutar aun más que la primera vez, hoy son simples aventuras juveniles, vividas por los años 40 en este querido Montevideo, tan triste y mustio estos días comparado con aquél.
Por esos años la Policía que vigilaba la ciudad llevaba una vida tranquila. No existían copamientos, secuestros, rapiñas ni arrebatos, y los grandes robos eran muy esporádicos. Los sucesos policiales eran de corte pasional. Heridos o muertos en peleas por diferencias personales y/o detenidos por juego clandestino, ya fuera de cartas (monte), carreras, quiniela o dados (seven eleven, comúnmente llamado "sevelén").
Si sería poco el trabajo policial que el Presidente Baldomir firmó un decreto por el cual debía ser detenido y conducido a la Seccional, quienquiera que fuera sorprendido jugando al fútbol en la calle.
Para tal fin se habían acondicionado varios ómnibus chicos que salían a recorrer los barrios con tres o cuatro Policías a bordo, en busca de los "pequeños delincuentes" que armando alboroto con sus partidos no dejaban dormir la siesta a la gente y a veces... rompían de un pelotazo desviado los vidrios de alguna ventana. En poco tiempo, ese medio de transporte policial se hizo conocido en las calles con el nombre de "la perrera".
Lo que les voy a contar sucedió en el Barrio Belgrano, en Feliciano Rodríguez y Rectificación Larrañaga (hoy Luis A. de Herrera). Justo en la esquina había un baldío que se había convertido en cancha de fútbol, donde casi todos los días se hacía un "picado" entre gurises que tenían entre diez y trece años, allá por el año 43 o 44.
Los del barrio habíamos pactado un partido de siete contra siete con otros que vivían a cinco cuadras, en Rossell y Rius y Feliciano Rodríguez. El tímido sol de aquel sábado de otoño fue testigo de aquel desafío tan esperado… y de su inesperado final.
Como locatarios, teníamos que poner la pelota. Entre "El Rana", "El Pelado" y yo, estuvimos toda la semana tratando de conseguir medias de mujer, de aquellas gruesas, que según creo se les decía "de muselina", que algunas vecinas nos daban con la condición de jugar lejos de su casa.
La querida y siempre recordada pelota de trapo nos había quedado hermosa, era una obra artesanal. Con trapos viejos, lana y papel de diario, se armaba bien, y después se forraba con medias ―tantas como fuera necesario― dándole varias vueltas, hasta terminar atando el borde de la media con un piolín. Ésta nos había quedado formidable, un lujo. Hasta picaba bastante bien.
Marcamos los arcos con piedras y los buzos de lana que nos sacábamos para jugar, y a la hora señalada todo estaba pronto para el comienzo del partido. Como ninguno de nosotros tenía reloj, el ganador sería el que llegara primero a los cinco goles.
Habíamos jugado casi una hora y el partido estaba al rojo vivo, empatados 4 a 4. El equipo que hiciera otro gol sería el ganador. En un contraataque me fui por el medio metiéndole un pase largo al "Rana" que entraba de frente a "Rabanito" ―el golero rival― pronto para fusilarlo.
De pronto, escuchamos el grito del "Lechuga": ¡¡¡Rajemos, rajemos!!!, ¡¡¡Viene "la perrera"!!! La espantada fue total. Alocada disparada de todos a los gritos, señalando lugares por donde escaparse… dejando indefensa, sola en la calle, la preciosa pelota recién hecha y entendiendo con bronca que jamás la volveríamos a ver… Pero era ella o nosotros. Perros ladrando, vecinos que miraban la corrida de algunos gurises calle abajo por Feliciano Rodríguez, y otros entrando a la primera casa que se presentara favorable.
"El Pelado" y yo saltamos un tejido a los fondos de una casa, después un muro, y nos metimos en un galponcito de madera con techo de chapas, de esos en que se guardaban los trastos viejos. Una cortina de arpillera cortada al medio cubría la puerta. Al costado, en un gallinero, el gallo y su familia se movían inquietos percibiendo gente extraña. Nos acurrucamos lo mejor que pudimos en un rincón tratando de agudizar nuestros oídos. Después de unos minutos que nos parecieron horas, aparentemente todo estaba en calma… pero ese silencio no puso más nerviosos.
―Corré la cortina con cuidado, "Pelado" ―le pedí― a ver qué está pasando afuera.
"El Pelado", traspirando, con la cara embarrada y los ojos queriéndosele escapar de la cara, la separó sólo un poco y me dijo susurrando:
―Está entrando… a la casa… un "cana"...
En silencio, nos apretamos más para escondernos atrás de un latón y escuchamos al Policía preguntarle a doña Rosa ―que tomaba mate bajo la parra― si había visto entrar unos gurises a su casa.
―¡Ah..!, usted anda buscando a esos pichones de bandidos que estaban jugando a la pelota en la calle… No, acá no se metieron… pero si llega a aparecer alguno ¡lo saco a escobazos!
―Bueno, gracias, doña.
―No tiene porqué ―le dijo abriéndole el portoncito para que saliera― en esta casa siempre apoyamos a la Policía.
Me asomé, vi al milico que se iba y a doña Rosa que dejaba el mate sobre una mesa, encaminándose derecho al galponcito.
―"Pelado"…"Pelado"... doña Rosa viene para acá ―le dije a mi compinche― arrollate todo lo que puedas.
Doña Rosa separó con las dos manos la vieja arpillera y gritó:
―Salgan de ahí, gurises, que el milico ya se fue. Pero antes de irse van a tener que barrer el patio, darle de comer a los bichos y alguna cosa más. Así que ¡rapidito a trabajar!, ¡manga de bandidos!
Cuando recuerdo estas simples cosas, me vienen a la mente algunas estrofas del tango "Tinta Roja", del excelente poeta argentino Cátulo Castillo, que dicen así:
"Paredón, tinta roja en el gris del ayer...
"sobre el callejón, como un borrón, pintó la esquina...
"¿Dónde estará mi arrabal?, ¿Quién se robó mi niñez?
"¿En qué rincón, luna mía, volcás, como entonces tu clara alegría?
"Veredas que yo pisé, malevos que ya no son…
"Bajo tu cielo de raso, trasnocha un pedazo de mi corazón."
MIGUEL
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