martes, 2 de enero de 2007

Motivos humildes - Relato - Miguel

MOTIVOS HUMILDES
Contándonos cosas de nuestra niñez, decidimos escribir por separado sobre el mismo tema… como en las clásicas "redacciones" que hacíamos en la escuela. Eliza con sus "Recuerdos de barrio", y yo con mis Motivos Humildes:

Los que leen mis trabajos saben que vivo el presente y me proyecto hacia el futuro, pero que mucho me gusta hurgar en el pasado. Alguna vez he dicho que para mí los recuerdos son frutos de un ayer que se ha congelado en el tiempo.

Como las páginas de algún querido libro que volvemos a leer y a disfrutar aun más que la primera vez, hoy son simples aventuras juveniles, vividas por los años 40 en este querido Montevideo, tan triste y mustio estos días comparado con aquél.

Por esos años la Policía que vigilaba la ciudad llevaba una vida tranquila. No existían copamientos, secuestros, rapiñas ni arrebatos, y los grandes robos eran muy esporádicos. Los sucesos policiales eran de corte pasional. Heridos o muertos en peleas por diferencias personales y/o detenidos por juego clandestino, ya fuera de cartas (monte), carreras, quiniela o dados (seven eleven, comúnmente llamado "sevelén").

Si sería poco el trabajo policial que el Presidente Baldomir firmó un decreto por el cual debía ser detenido y conducido a la Seccional, quienquiera que fuera sorprendido jugando al fútbol en la calle.

Para tal fin se habían acondicionado varios ómnibus chicos que salían a recorrer los barrios con tres o cuatro Policías a bordo, en busca de los "pequeños delincuentes" que armando alboroto con sus partidos no dejaban dormir la siesta a la gente y a veces... rompían de un pelotazo desviado los vidrios de alguna ventana. En poco tiempo, ese medio de transporte policial se hizo conocido en las calles con el nombre de "la perrera".

Lo que les voy a contar sucedió en el Barrio Belgrano, en Feliciano Rodríguez y Rectificación Larrañaga (hoy Luis A. de Herrera). Justo en la esquina había un baldío que se había convertido en cancha de fútbol, donde casi todos los días se hacía un "picado" entre gurises que tenían entre diez y trece años, allá por el año 43 o 44.

Los del barrio habíamos pactado un partido de siete contra siete con otros que vivían a cinco cuadras, en Rossell y Rius y Feliciano Rodríguez. El tímido sol de aquel sábado de otoño fue testigo de aquel desafío tan esperado… y de su inesperado final.

Como locatarios, teníamos que poner la pelota. Entre "El Rana", "El Pelado" y yo, estuvimos toda la semana tratando de conseguir medias de mujer, de aquellas gruesas, que según creo se les decía "de muselina", que algunas vecinas nos daban con la condición de jugar lejos de su casa.

La querida y siempre recordada pelota de trapo nos había quedado hermosa, era una obra artesanal. Con trapos viejos, lana y papel de diario, se armaba bien, y después se forraba con medias ―tantas como fuera necesario― dándole varias vueltas, hasta terminar atando el borde de la media con un piolín. Ésta nos había quedado formidable, un lujo. Hasta picaba bastante bien.

Marcamos los arcos con piedras y los buzos de lana que nos sacábamos para jugar, y a la hora señalada todo estaba pronto para el comienzo del partido. Como ninguno de nosotros tenía reloj, el ganador sería el que llegara primero a los cinco goles.

Habíamos jugado casi una hora y el partido estaba al rojo vivo, empatados 4 a 4. El equipo que hiciera otro gol sería el ganador. En un contraataque me fui por el medio metiéndole un pase largo al "Rana" que entraba de frente a "Rabanito" ―el golero rival― pronto para fusilarlo.

De pronto, escuchamos el grito del "Lechuga": ¡¡¡Rajemos, rajemos!!!, ¡¡¡Viene "la perrera"!!! La espantada fue total. Alocada disparada de todos a los gritos, señalando lugares por donde escaparse… dejando indefensa, sola en la calle, la preciosa pelota recién hecha y entendiendo con bronca que jamás la volveríamos a ver… Pero era ella o nosotros. Perros ladrando, vecinos que miraban la corrida de algunos gurises calle abajo por Feliciano Rodríguez, y otros entrando a la primera casa que se presentara favorable.

"El Pelado" y yo saltamos un tejido a los fondos de una casa, después un muro, y nos metimos en un galponcito de madera con techo de chapas, de esos en que se guardaban los trastos viejos. Una cortina de arpillera cortada al medio cubría la puerta. Al costado, en un gallinero, el gallo y su familia se movían inquietos percibiendo gente extraña. Nos acurrucamos lo mejor que pudimos en un rincón tratando de agudizar nuestros oídos. Después de unos minutos que nos parecieron horas, aparentemente todo estaba en calma… pero ese silencio no puso más nerviosos.

―Corré la cortina con cuidado, "Pelado" ―le pedí― a ver qué está pasando afuera.

"El Pelado", traspirando, con la cara embarrada y los ojos queriéndosele escapar de la cara, la separó sólo un poco y me dijo susurrando:

―Está entrando… a la casa… un "cana"...

En silencio, nos apretamos más para escondernos atrás de un latón y escuchamos al Policía preguntarle a doña Rosa ―que tomaba mate bajo la parra― si había visto entrar unos gurises a su casa.

―¡Ah..!, usted anda buscando a esos pichones de bandidos que estaban jugando a la pelota en la calle… No, acá no se metieron… pero si llega a aparecer alguno ¡lo saco a escobazos!
―Bueno, gracias, doña.
―No tiene porqué ―le dijo abriéndole el portoncito para que saliera― en esta casa siempre apoyamos a la Policía.

Me asomé, vi al milico que se iba y a doña Rosa que dejaba el mate sobre una mesa, encaminándose derecho al galponcito.

―"Pelado"…"Pelado"... doña Rosa viene para acá ―le dije a mi compinche― arrollate todo lo que puedas.

Doña Rosa separó con las dos manos la vieja arpillera y gritó:

―Salgan de ahí, gurises, que el milico ya se fue. Pero antes de irse van a tener que barrer el patio, darle de comer a los bichos y alguna cosa más. Así que ¡rapidito a trabajar!, ¡manga de bandidos!

Cuando recuerdo estas simples cosas, me vienen a la mente algunas estrofas del tango "Tinta Roja", del excelente poeta argentino Cátulo Castillo, que dicen así:

"Paredón, tinta roja en el gris del ayer...
"sobre el callejón, como un borrón, pintó la esquina...

"¿Dónde estará mi arrabal?, ¿Quién se robó mi niñez?
"¿En qué rincón, luna mía, volcás, como entonces tu clara alegría?

"Veredas que yo pisé, malevos que ya no son…
"Bajo tu cielo de raso, trasnocha un pedazo de mi corazón."

MIGUEL

Recuerdos de barrio - Relato - Eliza

RECUERDOS DE BARRIO
Hablábamos de cosas que vivimos ambos, allá lejos en el tiempo. Las mismas cosas, que quedaron fijas de forma distinta en el recuerdo de cada uno, sólo por esos diez años de diferencia que muestran ―cuando hurgamos en el pasado― cómo las vio un adolescente… y cómo lo hizo una niña.

El tema ondeaba en los cometidos de la Policía; analizando a lo que está expuesto el Agente de hoy, en lo cotidiano, comparándolo con aquél de antaño, el que rondaba el barrio silbando bajito, saludando vecinos; el que recostado al farol de la esquina esperaba tranquilo, cada noche, algún hecho inusual que implicara su intervención.

―Otros tiempos ―dijo Miguel―, tenían poco que hacer. El delito en Montevideo aparecía de vez en cuando, siempre cometido por el mismo tipo de actores: un crimen ―por ejemplo― era el resultado de un ajuste de cuentas entre gente del hampa, una bronca por polleras o por juego, una limpieza de honor ante la infidelidad comprobada… esas cosas. Les costaba encontrar alguno que llevar ―aunque fuera por despuntar el vicio― a pasar unas horas a la sombra en la Comisaría. Los candidatos, generalmente, caían por "alterar el orden público", como algún mamado suelto que hiciera "eses" por la vereda; o gurises, que jugando a la pelota en la calle le interrumpían la siesta a los vecinos… entonces venían con "la perrera". Aunque esas cosas ―agregó― tal vez no alcanzaste a verlas.

Yo me acuerdo de un borracho empecinado, que a pesar de conocer las consecuencias, insistía en saludar aparatosamente al Policía hasta conseguir que se lo llevara a dormir la mona… aunque lo que tengo en la mente no es más que la imagen, el epílogo me lo contaba papá.

Y "la perrera" que recuerdo es la misma que a veces aparece ahora. Cada uno alzaba su perro y se metía de apuro en la casa… ¡qué odio le tenía… y le sigo teniendo...! pero esos, creo que siempre fueron municipales…

―"La perrera" policial ―me explicó― había obtenido su apelativo porque se usaba para cargar "elementos" tan inocentes como la otra, ¿qué diferencia podía haber entre el "delito" de un grupo de incipientes futboleros y el de unos cuantos perros?

Sí. Hablábamos de lo mismo. Sólo que yo era chica, y muchas veces veía cosas que entendía de forma incompleta. Entonces le conté aquella rutina de las siestas de verano, tal como quedó fija en mi memoria.

Todavía no iba a la escuela ―tendría cinco años― cuando vivíamos en Ing. Luis. P. Ponce, entre Palmar y Dr. Pouey. La calle Ponce tenía sólo cuatro cuadras ―desde el Parque Batlle hasta Rivera― y casi no había tránsito. Mi cuadra ―recta y plana― era el campo de juego perfecto.

Trepada en los barrotes del murito de casa, miraba el partido como si estuviera en la tribuna Olímpica. A mi derecha, cerca del cruce con Pouey, tenía "el arco de la Colombes" y a mi izquierda "el de la Amsterdam", para el lado de Palmar.

Una mezcla de chiquilines, muchachos y algún padre ―entre los que nunca faltaba el mío― practicaban un fútbol sin muchas reglas, con zapatillas de yute y una pelota de goma color ladrillo. La diversión ―entre risas y griterío― duraba hasta que los competidores empezaban a abandonar la cancha por cansancio.

Pero algunas veces, había un súbito final de fiesta. El grito de alerta llegaba del almacén de la esquina, enfrente, cruzando Pouey; sólo desde esa ochava se veía bien la curva de la calle hasta el final del repecho: ¡¡¡La cana!!!

Yo sabía que venían en algún vehículo aunque nunca lo vi. Para ese lado quedaba la embotelladora de Coca―Cola, y era el camino hacia el Pereyra Rossell… tantos Policías no podían venir a pie desde la Décima ―que estaba en Gabriel Pereyra y Canelones igual que ahora― para irrumpir en tremenda carrera después de semejante caminata. Vendrían ―supongo ahora― en algún coche que estacionaría a pocos metros de Ponce, para quedar cubierto por la curva.

El aviso del vecino "campana" y el desbande en la calle eran simultáneos. Las casas más cercanas servían de refugio para sus moradores y algunos más. Una sinfonía de portazos resonaba en la calle desierta donde ya ingresaban los Agentes del orden… aunque aminorando el paso ante la redada fallida.

Eso podía verlo a salvo detrás de la ventana del comedor, porque junto con los otros, papá saltaba a tiempo los barrotes del murito y tomándome de un brazo, me alejaba de mi cómoda platea sin más palabra que un ¡¡¡Vamos!!!

Una de esas veces pude ver la pelota, abandonada frente a casa, en el cordón de la vereda… uno de los Policías se agachaba a recogerla. Papá se encogió de hombros y me dijo: "Se la llevan presa m'hijita… no se preocupe, mañana compramos otra."

Al año siguiente empecé la escuela. En el recreo, unos chiquilines más grandes me preguntaron si había jugado alguna vez al "ladrón y poli". Dije que no, pero que lo podía hacer muy bien porque mi papá me había enseñado. Y para asegurarme que me incluyeran, expliqué que siempre me escapaba con él cuando venía la Policía… se miraron entre ellos y me pusieron de "ladrón".
ELIZA

"Pequeños focos" - Editorial Miguel - 9/11/2006

"PEQUEÑOS FOCOS"
América Latina es distinta a la mayor parte del mundo. El 44% de sus habitantes es pobre. Uno de cada dos. El índice de desempleo aumenta o se mantiene... Sólo disminuye ocasionalmente, cuando aparecen fuentes de trabajo zafrales y mal remuneradas. 83 millones de chicos viven bajo extrema pobreza y un 30% de ellos está desamparado, durmiendo en las calles y sin familia. Un continente rico, con pueblos dignos de tener mejor condición de vida, debe someterse a la injusticia que ocasiona la pobreza: educación insuficiente, desempleo, baja calidad de vida, y como consecuencia, destrucción de la familia.

A partir del poder imperialista norteamericano, están los ambiciosos y corruptos gobernantes que son sin duda los responsables de estas tristes cosas. La corrupción está en la mayor parte de los Gobiernos latinoamericanos donde reina la impunidad. Generalmente, han contado con poblaciones que están desinformadas y por tanto ignoran la verdad de los hechos; y de sectores sumamente ignorantes que desconocen que la corrupción es uno de los principales factores de las actuales crisis económicas y sociales que ellos mismos padecen.

Así y todo —usando la terminología del más hipócrita de los corruptos uruguayos, aunque aplicándola en sentido inverso— hay por ahí "pequeños focos" de moralidad. Por citar un ejemplo; el 6 de junio de 2006 —666, día trágico para creyentes en general— fue fatídico para el ex presidente paraguayo González Maquis, uno de los tantos corruptos que ya forman una larga lista de anticristos. Fue condenado a 6 años de penitenciaría por "desviar" 16 millones de dólares. Plata de su país, de su gente. Al ex director del Banco interviniente le dieron 10 años, por ser "el cerebro" del ilícito. El entorno familiar de Maquis —todos cómplices— están esperando sentencia. Vivirán un tiempo en el penal de Tucumbú.

La moralidad es poca, y aunque muchos breguen por ella, los logros por alcanzarla son raras excepciones. Así son las cosas para los habitantes de nuestra "patria grande" y eso nos diferencia del resto del globo. Pero entre todos los latinoamericanos —y no es justamente un honor— los que nos llevamos las palmas somos nosotros, los uruguayos.

Aquí, en Uruguay, se robaron varios Bancos y únicamente detuvieron a los hermanos Peirano, aunque todos sabemos que solos no lo pudieron hacer. Los cómplices pueden ser ex presidentes y ex directores del Banco Central, entre otros. Hay cosas que para algunos jerarcas es imposible ignorar.

Pero nuestra Justicia no actuó como lo hizo la paraguaya. Con unos pocos chivos expiatorios alcanzó y sobró. Y esa patriada jurídica tuvo, tiene y tendrá su costo. Ahora hay que hacerle frente a las demandas de un Peirano, el hermanito prófugo. Desde Miami, amparado por la "justicia" norteamericana —ésa que tiene el Master en la defensa de quien sea, siempre que ese alguien tenga con qué pagar— está mandando a sus defensores a bombardear a la Prensa uruguaya por meter las narices en su privado juicio... Y quién sabe si no termina hasta salvándose de la extradición.

También en los casos de las violaciones de derechos humanos, es la justicia de otros países, como Chile y posiblemente Argentina, la que se toma en serio reivindicar a los torturados, asesinados y desaparecidos.

Nosotros en cambio, empezamos bien una investigación... y la truncamos a medio terminar. No hay más excavaciones, "hasta aquí llegamos", "no hay más datos creíbles", "cumplida esta etapa, ahora comienza la reconciliación". ¿Cómo que no hay más datos creíbles? Miles son las denuncias coincidentes de los sobrevivientes, y de los familiares de los muertos. Miles y verdaderas. ¿Por qué no se les da crédito?

La que sí se dio por válida fue la mentira reiterada de un ejército que sigue bailando al compás de los gerontes retirados —militares y civiles— responsables de torturas, muertes y desapariciones. Mentira, que no hay más datos. Sólo hicieron desaparecer las pruebas de los enterramientos y de la "operación zanahoria", de la misma forma que hicieron desaparecer a sus víctimas. Lo poco que dijeron, fue para tapar el ojo y quedar bien... ¿con quién...? Mejor dejo esa pregunta sin contestar, porque la respuesta me repugna.

Por suerte, desde el exterior presionan, y cada vez más. Eso hace pensar que tal vez algún día, pase algo parecido con los casos de corrupción económica, y se solicite que algunas de nuestras "personalidades" sean extraditados al exterior a pagar deudas que acá nadie les cobra.

Sé que habemos muchos que no olvidamos que el Gobierno Progresista en su campaña electoral prometió erradicar la corrupción. Y acá también hay "pequeños focos" de intento. Se han efectuado innumerables auditorías, que revelaron irregularidades alarmantes, ilícitos y fraudes. Esas exhaustivas investigaciones sirvieron para confirmar oficialmente lo que todo residente en el paisito ya sabía... Nada más. Hasta allí se habló. Ni una palabra de medidas a tomar al respecto, como juicios, condenas... y mucho menos desenmascarar responsables.

Tal vez no estaríamos decepcionados, si en aquellos discursos esperanzadores se hubieran utilizado las palabras correctas. Cuando se dijo "llegaremos hasta las últimas consecuencias", o "haremos lo humanamente posible"... se debió decir "iremos hasta donde nos den los huevos". Dicho así hubiera sido más sensato, y hoy asumiríamos que muchas cosas... nunca se van a poder hacer.

Pero no se apuren, que desde nuestro pequeño puntito en el mapa, salen genios de la dialéctica a disertar. Unos ante la Prensa local, otros ante lejanos extranjeros que no tienen ni la más pálida idea de lo que fue nuestra historia, y mucho menos del historial del que se las está tergiversando.

Por acá y ante nuestra TV —sobándose el pelo como de costumbre— el ex líder del Partido cuyos seguidores "nos prestaron el voto" (vaya a saber por qué lo hicieron, ¿no?), se mandó una gran verdad... aunque a medias. Dijo que las Cumbres Iberoamericanas sirven de algo cuando no ocurre lo de Viña del Mar, hace diez años, cuando Fidel Castro prometió algo que no cumplió.

No dijo —por supuesto— que a él y a todo integrante de los Partidos tradicionales, les revienta cómo conduce su país el Comandante, por más acertado que sea lo que haga. Ni dijo tampoco, por qué viene a criticar ahora —diez años después, con siete años de gobierno de derecha en el medio— la payasada de esta Cumbre actual o cualquier otra, donde sí, definitivamente, la mayoría de los mandamás se juntan para chupar, comer, y hablar pavadas que ni a ellos mismos les importan.

Por allá lejos, otros espectadores escuchan absortos las conferencias del genovés de los "pequeños focos", y se sorprenden al saber que en nuestro territorio no hay un solo descendiente indígena puro. Cierto, pero no les explica —¡faltaba más!— que no hay porque sus antecesores partidarios los asesinaron cobardemente en Salsipuedes.

Y cuando un corresponsal le recordó aquel genocidio (periodista que salió ileso porque estaba en otro país), "se sacó el lazo con la pezuña", con la desfachatez que lo caracteriza, y aseguró que aprobaba el exterminio porque nuestros indios eran asesinos y violadores.

Me hubiera gustado que explicara —ubicándonos en las reglas de la época— la diferencia entre "asesinato" y "ajuste de cuentas". Y me habría gustado mucho más, que dijera qué mujeres eran las violadas... Porque las que había eran solamente indias o españolas... Las primeras, obviamente, no fueron. Y las últimas estaban a buen recaudo en las lujosas residencias de sus honorables y pudientes esposos.

Es paradójico, ¿no? El hombre le dice al mundo que no tenemos descendientes de indígenas puros, conociendo la cantidad de mestizos, que son reconocida y comprobada parte de nuestra población... ¿Quién violó a quién? La respuesta está clarita.

Es inútil, en Uruguay todo es distinto. Tenemos "pequeños focos" de un montón de cosas, sobre todo de sentido común, conciencia colectiva... y falta de memoria. Así es como nos "destacamos" de los demás pueblos de nuestro continente.
MIGUEL

¿Te jubilaste?, ¡sonaste! - Editorial Eliza - 6/9/2006

¿TE JUBILASTE?, ¡SONASTE!
Ese parece ser el lema de los gobiernos de nuestro país desde que tengo uso de razón. Con algunas excepciones que no incluyen en el "sonaste" a los grupos privilegiados que —habiendo trabajado mal, poco y hasta nada— de alguna forma consiguieron una abultada pasividad "incuestionable" y hoy se ríen de nosotros.

Y son justamente esos privilegiados los que deciden que "el tortón" es para ellos y las migajas —si quedan— para los que pagamos aportes 13 meses cada año (sí, del aguinaldo también se nos descontó "montepío") durante toda nuestra vida laboral.

Cuando estuvimos —por primera vez en la vida— en la lista de prioridades de los tantos sumergidos que había que dignificar, pareció que había llegado el día de las reivindicaciones sociales. Que se nos tenía en cuenta porque éramos muchos, y largamente olvidados. ¿Pero muchos qué? ¡Muchos votos, fuimos...!

Ahora, los prioritarios tenemos que esperar. Y no sólo nosotros, un montón de activos también. Pero ellos pueden ejercer el derecho a la huelga, y así, mal que mal, a fuerza de perder jornales tratando de complicar la vida de sus empleadores, sean privados o estatales, de a poco van consiguiendo algo.

El tema es que nosotros no podemos hacer huelga... y la lucha conversada no nos lleva a ningún lado. Tenemos experiencia de vida, cerebro para utilizar, muy poca paciencia para seguir escuchando mentiras sin hacer nada, y lo más grave... no nos queda mucho tiempo.

Por eso pensamos en el recurso de la ocupación. Es enorme la diferencia que existe entre una ocupación de obreros o empleados y la nuestra... El edificio a ocupar era clave, perfecto. Habría sido histórico, no sólo por el hecho en sí, sino por los resultados inmediatos que habríamos obtenido. ¡Qué materia prima, y en manos de quiénes...!

Pero ese riesgo también lo presintió el gobierno... Apareció el dueño de la plata y se puso a disertar, amable, convincente, prometedor... ¡Y la quedamos! Como si fuéramos un montón de pibes ingenuos, nos ofrecieron el obelisco ¡y lo compramos! No fue unánime, por supuesto, pero hubo que acatar a la crédula mayoría.

Acto seguido, y con los "santos viejitos" ya sosegados, el Presidente salió a la Prensa a anunciar "el tortón" que nos iba a repartir el Ministro de Economía.

Y parecía tan convencido de lo que decía, que lo más probable es que haya interpretado mal la palabrita. Porque no era un "tortón" sino un tortazo. Se viene un 3% de aumento... para todos... Para los buenos, los malos, los lindos y los feos, democrática y equitativamente... ¡Joder!

Acá en esta casa, eso significa que vamos a cobrar 210 pesos más cada uno... 7.210 mangos per cápita ¡Una fortuna! Tal vez la reventemos en la Isla Margarita.

Y en otras casas —la gran mayoría, por cierto— ese aumento es de 30 pesitos. Van a cobrar 1.030, con lo que podrán ir a buscar la limosna en ómnibus, por lo menos los días de lluvia.

Pero lo más indignante, es que los privilegiados que mencioné al principio, verán acrecentado su curro en 2.100 pesos algunos, y otros en 3.600. Van a cobrar 72.100 los primeros, y 123.600 los segundos. ¡Paupérrimas sumas para estos pobres señores de corbata y/o uniforme, que si no fuera por ese 3% ya estarían pensando en mudarse de su barrio camba al "40 semanas".

Pero esto es así porque la idea es atender siempre a los más necesitados, ¿vio? Sin embargo, para nosotros los pichis, bruto tortazo en la trompa resultó el tortón.

Esto me da ganas de ir a buscar al jueputa que emparejó el porcentaje, y —como canta Edmundo Rivero que le pasó a la Catalina infiel— "cebarle un par de mates y saboreándome un buen faso, seguirle chamuyando de pavadas. Y luego, besuqueándole la frente, con gran tranquilidad, amablemente, fajarle treinta y cuatro puñaladas..."
ELIZA

Mensaje - Editorial Miguel - 24/12/2006

MENSAJE DE FIN DE AÑO — 2006
El almanaque del 2006 llega a su fin y el nuevo año comenzará su marcha.

Debo reconocer que hay infinidad de cosas que no son como muchos quisiéramos que fueran. Por lo tanto, no gastemos las horas de brindis y augurios discurriendo sobre los mismos problemas que nos engancharon y nos complicaron a lo largo de los doce meses que ya se marchan.

Creo que por encima de los conflictos que perturban al universo hay también impulsos, emprendimientos, ideas y proyectos bien intencionados, que nos llevan a creer que todavía este mundo puede mejorar y salir del CTI.

Echemos una mirada hacia atrás, intentando ver todo lo ocurrido en este planeta en los 365 días del año que termina. Sin duda que puede resultar un tanto negativo, porque los errores y los horrores humanos tienen mucho más peso que los aciertos y las claridades.

Pero bien podemos serenarnos e intentar firmar una carta de crédito a la sensatez del género humano. Y en el último día del año —cada uno de acuerdo a su conciencia— tratemos de desear lo mejor para que este mundo mejore.

Apostemos al amor y a la fraternidad entre los hombres y los pueblos, para que sean poderosos lazos de entendimiento en la construcción de un mañana mejor.

El 2007 nos espera con sus desafíos e incertidumbres. Por lo tanto, hagámosle frente con fe... y la vieja y querida esperanza.

Amigos, ¡¡¡UN FUERTE ABRAZO!!!, capaz de cubrir todas las distancias.
MIGUEL

Convicción - Editorial 30/12/2006 - Eliza

CONVICCIÓN
Comprendo que a las personas con creencias fuertemente arraigadas puede causarles cierta impresión incursionar en este terreno. De todos modos, y sin ánimo de molestar a nadie, me pareció razonable escribir sobre mi convicción, que sólo es una más de la que cada uno de nosotros tiene.

El ateísmo es la filosofía de los que negamos la existencia de deidad alguna, considerando que no hay razón para aceptar que más allá de la realidad material existan seres de naturaleza distinta y superior a la humana, en los cuales se encuentre el origen y el sentido de nuestra existencia.

Es una actitud mental positiva que estimula el conocimiento, con un estilo de vida basado en la figura del hombre como motor del progreso y del bienestar, el desarrollo de un sistema ético que fomente el respeto mutuo, la comprensión y la tolerancia, la responsabilidad de todos con ellos mismos, con la sociedad y con el mundo. Es una forma de amar la vida, rechazando el temor y la sumisión de los dogmas.

Los ateos disfrutamos libre y responsablemente de la vida aquí en la Tierra y tratamos de superarnos para hacer del mundo y de la sociedad —gracias al propio esfuerzo— un hogar acogedor y digno, un lugar donde todos seamos capaces de vivir una vida mejor.

Apreciamos la vida terrenal porque para nosotros no existen recompensas ni castigos posteriores: la muerte es el final. No aceptamos entregar nuestro razonamiento libre, ante la exigencia de ningún intermediario de una entidad sobrenatural en la que no creemos.

Negamos la existencia de una realidad trascendente más allá de este mundo en el que nos ha tocado vivir. Vemos al ser humano como un ser finito, con un principio y un final donde todo acaba. Nos resulta fundamental para poder superar los retos del mundo actual y afrontar —con posibilidades de éxito— las dificultades que nos presente el futuro, solamente aquí en este mundo, y mientras estemos vivos.

Para nosotros, "el cielo" y "el infierno" están acá y ahora, y entre ellos alternamos —como de a zambullidas— mientras nos dura la estadía. En ese ir y venir, sufrimos y nos complacemos por lo mismo que los creyentes. La diferencia está en la forma de asumir cada cosa que nos pase.

La muerte ajena, por ejemplo, es algo que aceptamos de forma casi antagónica. Los ateos no tenemos un "responsable" a quien adjudicar la decisión de que muera un ser querido, o una inocente criatura que aun no ha dado los primeros pasos en la vida. Por eso nos resulta doloroso cuando ocurre; nos rebelamos... y hasta podría decirse que nos aflige más.

Pero cada uno de nosotros tiene sus formas de paliar esa triste situación. Formas terrenales, aunque no siempre tangibles.

En mi caso particular, todos mis seres queridos —humanos o no— permanecen vivos en mi corazón. Ahí —y en ningún otro lugar— reside mi padre, muchos amigos y mascotas. Y no le llamo "corazón" porque el patrón de las achuras sea capaz de contener semejante grandeza, sino porque la costumbre lo ha hecho acreedor de condiciones que no tiene, cuando su único gran poder es que cuando se cansa... se acabó la fiesta.

Es el otro —el grisáceo estuche de neuronas— el que corta el bacalao, dándome libre albedrío para manejar mi vida, según el coeficiente intelectual que me ha tocado. Me permite ser artífice —como dijo alguien muy sabio— de mi propio destino. Por considerarlo grandioso, aunque no perfecto, mi cerebro es lo único que reconozco como supremo.

De perfil bajo frente a los otros órganos del cuerpo, mi cerebro manda. Elige a cada uno de los otros y les asigna un rol, para manifestarse a través de ellos. Y es al corazón a quien le encarga sacudirme cuando la emoción, linda o fea, tiene dimensiones considerables. Así palpita cuando soy feliz, y así me duele y se oprime cuando sufro.

Como jugador hábil y diestro, el cerebro arma la jugada para concretar el pase y poner la pelota en los pies del goleador para que éste —desde su posición adecuada— defina cómodo y se lleve los aplausos. Yo, como todos los ateos, admiro y valoro el poder de mi cerebro. Él me da la fuerza para reponerme cuando caigo, repudiando conformismos.

A veces, cuando las cosas vienen mal, pienso: "qué pena ser atea... no tengo a quién echar las culpas de lo que me pasa". Pero al momento sonrío y recapacito: "qué suerte ser atea, y saber que sólo mi propia fuerza me empujará hacia donde debo ir".

Porque esa fuerza es mía y está dentro de mí, junto a mi viejo y mis seres queridos. No debo rogarle ni esperar que me evalúe antes de ver si acude a socorrerme. Sólo necesito convocarla. Sin más e indefectiblemente, habrá de actuar.

ELIZA