CONVICCIÓN
Comprendo que a las personas con creencias fuertemente arraigadas puede causarles cierta impresión incursionar en este terreno. De todos modos, y sin ánimo de molestar a nadie, me pareció razonable escribir sobre mi convicción, que sólo es una más de la que cada uno de nosotros tiene.
El ateísmo es la filosofía de los que negamos la existencia de deidad alguna, considerando que no hay razón para aceptar que más allá de la realidad material existan seres de naturaleza distinta y superior a la humana, en los cuales se encuentre el origen y el sentido de nuestra existencia.
Es una actitud mental positiva que estimula el conocimiento, con un estilo de vida basado en la figura del hombre como motor del progreso y del bienestar, el desarrollo de un sistema ético que fomente el respeto mutuo, la comprensión y la tolerancia, la responsabilidad de todos con ellos mismos, con la sociedad y con el mundo. Es una forma de amar la vida, rechazando el temor y la sumisión de los dogmas.
Los ateos disfrutamos libre y responsablemente de la vida aquí en la Tierra y tratamos de superarnos para hacer del mundo y de la sociedad —gracias al propio esfuerzo— un hogar acogedor y digno, un lugar donde todos seamos capaces de vivir una vida mejor.
Apreciamos la vida terrenal porque para nosotros no existen recompensas ni castigos posteriores: la muerte es el final. No aceptamos entregar nuestro razonamiento libre, ante la exigencia de ningún intermediario de una entidad sobrenatural en la que no creemos.
Negamos la existencia de una realidad trascendente más allá de este mundo en el que nos ha tocado vivir. Vemos al ser humano como un ser finito, con un principio y un final donde todo acaba. Nos resulta fundamental para poder superar los retos del mundo actual y afrontar —con posibilidades de éxito— las dificultades que nos presente el futuro, solamente aquí en este mundo, y mientras estemos vivos.
Para nosotros, "el cielo" y "el infierno" están acá y ahora, y entre ellos alternamos —como de a zambullidas— mientras nos dura la estadía. En ese ir y venir, sufrimos y nos complacemos por lo mismo que los creyentes. La diferencia está en la forma de asumir cada cosa que nos pase.
La muerte ajena, por ejemplo, es algo que aceptamos de forma casi antagónica. Los ateos no tenemos un "responsable" a quien adjudicar la decisión de que muera un ser querido, o una inocente criatura que aun no ha dado los primeros pasos en la vida. Por eso nos resulta doloroso cuando ocurre; nos rebelamos... y hasta podría decirse que nos aflige más.
Pero cada uno de nosotros tiene sus formas de paliar esa triste situación. Formas terrenales, aunque no siempre tangibles.
En mi caso particular, todos mis seres queridos —humanos o no— permanecen vivos en mi corazón. Ahí —y en ningún otro lugar— reside mi padre, muchos amigos y mascotas. Y no le llamo "corazón" porque el patrón de las achuras sea capaz de contener semejante grandeza, sino porque la costumbre lo ha hecho acreedor de condiciones que no tiene, cuando su único gran poder es que cuando se cansa... se acabó la fiesta.
Es el otro —el grisáceo estuche de neuronas— el que corta el bacalao, dándome libre albedrío para manejar mi vida, según el coeficiente intelectual que me ha tocado. Me permite ser artífice —como dijo alguien muy sabio— de mi propio destino. Por considerarlo grandioso, aunque no perfecto, mi cerebro es lo único que reconozco como supremo.
De perfil bajo frente a los otros órganos del cuerpo, mi cerebro manda. Elige a cada uno de los otros y les asigna un rol, para manifestarse a través de ellos. Y es al corazón a quien le encarga sacudirme cuando la emoción, linda o fea, tiene dimensiones considerables. Así palpita cuando soy feliz, y así me duele y se oprime cuando sufro.
Como jugador hábil y diestro, el cerebro arma la jugada para concretar el pase y poner la pelota en los pies del goleador para que éste —desde su posición adecuada— defina cómodo y se lleve los aplausos. Yo, como todos los ateos, admiro y valoro el poder de mi cerebro. Él me da la fuerza para reponerme cuando caigo, repudiando conformismos.
A veces, cuando las cosas vienen mal, pienso: "qué pena ser atea... no tengo a quién echar las culpas de lo que me pasa". Pero al momento sonrío y recapacito: "qué suerte ser atea, y saber que sólo mi propia fuerza me empujará hacia donde debo ir".
Porque esa fuerza es mía y está dentro de mí, junto a mi viejo y mis seres queridos. No debo rogarle ni esperar que me evalúe antes de ver si acude a socorrerme. Sólo necesito convocarla. Sin más e indefectiblemente, habrá de actuar.
ELIZA
Comprendo que a las personas con creencias fuertemente arraigadas puede causarles cierta impresión incursionar en este terreno. De todos modos, y sin ánimo de molestar a nadie, me pareció razonable escribir sobre mi convicción, que sólo es una más de la que cada uno de nosotros tiene.
El ateísmo es la filosofía de los que negamos la existencia de deidad alguna, considerando que no hay razón para aceptar que más allá de la realidad material existan seres de naturaleza distinta y superior a la humana, en los cuales se encuentre el origen y el sentido de nuestra existencia.
Es una actitud mental positiva que estimula el conocimiento, con un estilo de vida basado en la figura del hombre como motor del progreso y del bienestar, el desarrollo de un sistema ético que fomente el respeto mutuo, la comprensión y la tolerancia, la responsabilidad de todos con ellos mismos, con la sociedad y con el mundo. Es una forma de amar la vida, rechazando el temor y la sumisión de los dogmas.
Los ateos disfrutamos libre y responsablemente de la vida aquí en la Tierra y tratamos de superarnos para hacer del mundo y de la sociedad —gracias al propio esfuerzo— un hogar acogedor y digno, un lugar donde todos seamos capaces de vivir una vida mejor.
Apreciamos la vida terrenal porque para nosotros no existen recompensas ni castigos posteriores: la muerte es el final. No aceptamos entregar nuestro razonamiento libre, ante la exigencia de ningún intermediario de una entidad sobrenatural en la que no creemos.
Negamos la existencia de una realidad trascendente más allá de este mundo en el que nos ha tocado vivir. Vemos al ser humano como un ser finito, con un principio y un final donde todo acaba. Nos resulta fundamental para poder superar los retos del mundo actual y afrontar —con posibilidades de éxito— las dificultades que nos presente el futuro, solamente aquí en este mundo, y mientras estemos vivos.
Para nosotros, "el cielo" y "el infierno" están acá y ahora, y entre ellos alternamos —como de a zambullidas— mientras nos dura la estadía. En ese ir y venir, sufrimos y nos complacemos por lo mismo que los creyentes. La diferencia está en la forma de asumir cada cosa que nos pase.
La muerte ajena, por ejemplo, es algo que aceptamos de forma casi antagónica. Los ateos no tenemos un "responsable" a quien adjudicar la decisión de que muera un ser querido, o una inocente criatura que aun no ha dado los primeros pasos en la vida. Por eso nos resulta doloroso cuando ocurre; nos rebelamos... y hasta podría decirse que nos aflige más.
Pero cada uno de nosotros tiene sus formas de paliar esa triste situación. Formas terrenales, aunque no siempre tangibles.
En mi caso particular, todos mis seres queridos —humanos o no— permanecen vivos en mi corazón. Ahí —y en ningún otro lugar— reside mi padre, muchos amigos y mascotas. Y no le llamo "corazón" porque el patrón de las achuras sea capaz de contener semejante grandeza, sino porque la costumbre lo ha hecho acreedor de condiciones que no tiene, cuando su único gran poder es que cuando se cansa... se acabó la fiesta.
Es el otro —el grisáceo estuche de neuronas— el que corta el bacalao, dándome libre albedrío para manejar mi vida, según el coeficiente intelectual que me ha tocado. Me permite ser artífice —como dijo alguien muy sabio— de mi propio destino. Por considerarlo grandioso, aunque no perfecto, mi cerebro es lo único que reconozco como supremo.
De perfil bajo frente a los otros órganos del cuerpo, mi cerebro manda. Elige a cada uno de los otros y les asigna un rol, para manifestarse a través de ellos. Y es al corazón a quien le encarga sacudirme cuando la emoción, linda o fea, tiene dimensiones considerables. Así palpita cuando soy feliz, y así me duele y se oprime cuando sufro.
Como jugador hábil y diestro, el cerebro arma la jugada para concretar el pase y poner la pelota en los pies del goleador para que éste —desde su posición adecuada— defina cómodo y se lleve los aplausos. Yo, como todos los ateos, admiro y valoro el poder de mi cerebro. Él me da la fuerza para reponerme cuando caigo, repudiando conformismos.
A veces, cuando las cosas vienen mal, pienso: "qué pena ser atea... no tengo a quién echar las culpas de lo que me pasa". Pero al momento sonrío y recapacito: "qué suerte ser atea, y saber que sólo mi propia fuerza me empujará hacia donde debo ir".
Porque esa fuerza es mía y está dentro de mí, junto a mi viejo y mis seres queridos. No debo rogarle ni esperar que me evalúe antes de ver si acude a socorrerme. Sólo necesito convocarla. Sin más e indefectiblemente, habrá de actuar.
ELIZA
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